San Josemaría en Barbastro

José Escrivá y Dolores Albás se casaron el 19 de septiembre de 1898 en la Catedral de Barbastro.

 

Residían desde entonces en una casa de la calle Mayor, esquina con la Plaza del Mercado. Allí nació su primera hija, María del Carmen, y el segundo hijo, José María (quien años después, por devoción a San José y a la Virgen, unió sus dos nombres en uno). A estos dos hijos siguieron tres niñas —María Asunción, María de los Dolores y María del Rosario— y, cuando ya la familia residía en Logroño, un nuevo hijo varón, Santiago.

Los Escrivá eran bien considerados y queridos en Barbastro, donde tenían muchos amigos y una extensa familia por la parte de doña Dolores. Su posición económica era desahogada y su futuro parecía prometedor.

Ofrecido a la Virgen

El niño nació sano y creció fuerte, pero a los dos años sufrió una grave enfermedad.

 

Fue desahuciado por los médicos, quienes una noche advirtieron a don José que el niño moriría en pocas horas. Los padres pidieron su curación con especial intensidad a la Santísima Virgen. Doña Dolores prometió a Nuestra Señora de Torreciudad —advocación muy venerada en la comarca— llevar al niño a su ermita en peregrinación si sanaba. A la mañana siguiente, y ante la pregunta de uno de los doctores —¿A qué hora ha muerto el niño?—, don José afirmó: No sólo no ha muerto, sino que está perfectamente.

El pequeño fue llevado por sus padres hasta la ermita y ofrecido a la Virgen. Al referir a su hijo este gran favor de Santa María, doña Dolores solía comentar: Hijo mío, tú ya estabas más muerto que vivo; cuando Dios te ha conservado en la tierra, será para algo grande.

Primeras oraciones

Los Escrivá eran una familia cristiana, en la que se vivían en común algunas prácticas de piedad, como la asistencia a Misa los domingos, el rezo del Santo Rosario, la participación en la Sabatina en una iglesia cercana, la Misa de Gallo en Navidad.

Desde muy niño Josemaría aprendió de sus padres las primeras oraciones infantiles. Doña Dolores preparó personalmente a su hijo para la primera confesión, y el día señalado le acompañó hasta el confesonario.

El pequeño fue gran amigo de su padre: le esperaba con impaciencia a la vuelta de su trabajo, y le abría la puerta; o salía a su encuentro, y metía la mano en el bolsillo de su abrigo buscando alguna chuchería. Don José le llevaba a las ferias de Barbastro o paseaba con él por la ciudad; eran paseos de intimidad paterno-filial, de pequeñas confidencias y preguntas de niño.

Adversidades y marcha a logroño

A partir de cierto momento, el dolor va a entrar con fuerza en el hogar de los Escrivá: entre 1910 y 1913 mueren, de la más pequeña a la mayor, las tres últimas hijas.

 

Al ver padecer a los suyos, Josemaría comienza a conocer el sufrimiento, y aprende, con el ejemplo de sus padres, a afrontarlo cristianamente. Se hace más reflexivo; y un día, pensando en el orden que habían seguido aquellas muertes, le dijo a su madre: El próximo año me toca a mí. Ella, para consolarle, le recordó: Yo te he ofrecido a la Virgen. Ella cuidará de ti.

A esta pena interna de la familia se unió la ruina del negocio de don José, que le obligó a buscar, dentro de su profesión, algún trabajo lejos de Barbastro. Lo encontró en Logroño, adonde se trasladó con toda la familia en 1915.

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